Literaturas por Ale Mendé

Ensayos · · 7 min de lectura

ESCRIBIR O NO ESCRIBIR, ESA ES LA CUESTIÓN

 
 
 
Una cuestión de época...
 
Nunca hice un plan de obra para mis novelas. No porque desprecie el orden, sino porque sé que el orden que importa no es el que se traza, sino el que se encuentra. Cada novela fue para mí el gesto de enfrentarme a una primera imagen —una luz, una voz, una calle— y luego dejarme llevar por lo que esa imagen pedía. En el camino, siempre hay una pregunta que espero resolver, pero nunca la pongo en palabras: la bordeo. Y al bordearla, ella va tejiendo una respuesta tan silenciosa e inconsciente como la pregunta misma. Hoy, que cualquier ordenador puede generar un plan y hasta escribir una novela, siento la necesidad de defender ese borde: porque escribir, para mí, nunca fue rellenar un esquema. Fue, es, buscar.

Paul Ricoeur, en el Prefacio de Del texto a la acción, nos recuerda que el texto no es un objeto inerte: es una acción, un gesto que se abre a la interpretación. Y esa apertura es justamente lo que el plano cancela. Porque el plano asegura, pero el gesto busca. Y la búsqueda es lo único que puede hacer que un texto perdure más allá de su tiempo de producción. En una época que celebra la eficiencia, donde cualquier algoritmo puede ofrecer la estructura perfecta en segundos, la pregunta ya no es si la inteligencia artificial puede producir textos —puede, y con creciente eficacia—, sino si esos textos perduran. La perdurabilidad no se mide en clics, descargas o métricas: se mide en la capacidad de un relato para reconfigurar la experiencia de quien lo lee, para abrir una herida que no cierra, para habitar el tiempo de otro modo. Lo que perdura no es lo que se produce, sino lo que se encuentra en el camino.

La novela, en su forma más viva, nace de esa pregunta que se bordea. No se enuncia pero estructura todo. No busca respuesta directa: busca ser habitada. Y al habitarla, el escritor y la obra se transforman mutuamente. No hay aquí un método que pueda sistematizarse, ni una fórmula que pueda replicarse. Hay, en cambio, una confianza en el lenguaje como organismo que crece mientras se escribe, que desvía el rumbo, que encuentra su forma en la deriva. Como un río que no sigue un mapa, sino la gravedad del deseo.

Ricoeur habla de un "arco hermenéutico" que va de la explicación a la comprensión, y de vuelta. No se trata de elegir entre un análisis estructural del texto y una experiencia subjetiva del mismo; se trata de reconocer que ambos movimientos son necesarios y dialécticos. Escribir sin plano no es improvisación pura: es la escucha activa de un material que se va haciendo, donde la explicación —el "cómo" técnico— y la comprensión —el "qué" existencial— se entrelazan sin jerarquía. La novela, así, se convierte en una acción: un gesto que no sabe de antemano su resultado, pero que confía en que el camino revelará su sentido. Esa confianza es, quizás, lo único que no puede simularse.

La ficción reclama su pretensión de verdad. No una verdad factual, verificable, sino una verdad de orden narrativo: aquella que reconfigura lo real, que devuelve al lector su propia experiencia transformada. La inteligencia narrativa —esa capacidad de tejer hilos entre lo dicho y lo no dicho, entre lo vivido y lo imaginado— busca explicar, comprender, pero también dejarnos reconfigurados. Una novela no es solo un viaje a uno mismo; es también una entrega velada de la vida del escritor al lector, una metáfora que interroga tanto a quien escribe como a quien lee. A veces, incluso, los interrogantes que el lector trae consigo son los que completan el sentido. La literatura, entonces, es plural: es el encuentro de vidas entre escritores y lectores, un espacio de hospitalidad donde lo íntimo se vuelve común, donde el silencio de uno encuentra la voz de otro.

Pero en la lógica de la producción acelerada, este encuentro se ve amenazado. El texto se convierte en producto, la escritura en tarea, la novela en contenido. La inteligencia artificial puede ofrecer el plano perfecto, la estructura impecable, el desarrollo lógico de una trama. Lo que no puede ofrecer es la deriva: ese movimiento en el que la pregunta que originó el texto se va transformando a medida que se escribe, y donde la respuesta no es una conclusión sino un nuevo estado de la pregunta. La máquina no tiene silencio, no tiene el tiempo íntimo que la escritura requiere. Puede simular el lenguaje, pero no habitar la palabra. Puede generar sentido, pero no sostener la pregunta.

Por eso, en tiempos de ruido y urgencia, escribir sin plano se vuelve un acto de resistencia. No contra la tecnología, sino contra la reducción del sentido a producción. Es negarse a que el texto sea un objeto que se consume y se descarta; es apostar a que la palabra todavía puede nombrar lo que no tiene nombre, sostener la memoria de lo que no está, abrir un espacio donde el lector pueda detenerse. La escritura que no sigue planos duda, tantea, se desvía, se duele, se alegra sin aviso. Y esa desviación es política: es la afirmación de que el lenguaje no es una herramienta, sino un territorio que se habita. Un territorio donde el tiempo no se mide, sino que se vive.

Ricoeur nos recuerda que la hermenéutica no es un método cerrado sino un arco continuo, un ir y venir entre el texto y la acción, entre la interpretación y la vida. En ese arco, el texto no es un objeto muerto: es un mundo que se abre. Y quien escribe, como quien lee, entra en ese mundo para salir transformado. Lo que perdura, entonces, no es la producción del texto —esa fiebre de novedades que se suceden sin dejar huella—, sino la pregunta que lo sostiene. La pregunta que se bordea, que no se resuelve, que sigue vibrando después de cerrado el libro.

Ese día, mientras leía aquel texto de Ovidio, algo se abrió. El poeta —o quizás un viajero, un hombre con alforjas— se sentaba bajo un árbol, tomaba sus tablillas y escribía: "ESTIMADO LECTOR, tomo las tablillas y te escribo bajo la sombra de..." En ese mismo instante, mientras mis ojos recorrían la página, sentí la luz del sol en mi piel y el fresco de la sombra. No estaba bajo ningún árbol: estaba en una habitación, en una mesa, en un siglo que no era el suyo. Y sin embargo, aquel hombre me estaba escribiendo desde hacía dos mil años, y yo estaba escuchando, con una atención que no había pedido pero que ya no podía negar.

Ese día elegí el oficio de escribir.

Porque eso es, al fin, lo que perdura: no la cantidad de textos producidos, no la velocidad con que se escriben, no la eficacia con que se difunden. Perdura el gesto de sentarse bajo un árbol —aunque sea imaginario—, tomar las tablillas y decirle a un lector que aún no ha nacido: ESTIMADO LECTOR, te escribo. Perdura la confianza en que alguien, dos mil años después, sentirá la luz y la sombra al mismo tiempo. Perdura la pregunta que no se resuelve, la que se bordea, la que sigue vibrando después de que el libro se cierra.

Escribir, entonces, no es llenar un esquema. Es habitar el mundo de la literatura. Es aceptar que uno es, ante todo, un eslabón en una cadena que no se rompe: los que escribieron antes, los que escriben ahora, los que escribirán después. Y en esa cadena, lo que importa no es el plano, sino el gesto. No la producción, sino la ofrenda. No la respuesta, sino la pregunta que se sostiene.
Y aún hoy, cada vez que tomo las tablillas —aunque ya no sean de cera, aunque el árbol sea una mesa y la sombra una lámpara—, sé que estoy repitiendo ese gesto. Que estoy escribiendo para alguien que aún no sé quién es, pero que quizás, dentro de dos mil años, sentirá la luz y la sombra al mismo tiempo.