Literaturas por Ale Mendé

Ensayos · · 7 min de lectura

PARTITURAS Y MARCAS


«Los indígenas chiquitanos van a heredar este valor de la música y a conservar con celo las partituras, copiándolas una y otra vez a medida que se deterioraban.»

Manuel-Jesús Feria Ponce, Cuadernos de Etnomusicología, n.º 12, 2018

En 1972, en las misiones jesuíticas de Chiquitos, en Bolivia, un arquitecto suizo llamado Hans Roth estaba haciendo lo que hacen los arquitectos cuando restauran una iglesia vieja: medir. Levantaba el plano general de la planta de la iglesia y de las edificaciones contiguas, y las mediciones no cerraban. Faltaba espacio. Había una discordancia, un hueco que no figuraba en ningún plano.

Siguió esa diferencia —que es la forma más humilde y más tenaz del asombro— y llegó a una pared de adobe más gruesa de lo que debía ser. Detrás de la pared había una cámara, disimulada, que había permanecido sellada durante casi tres siglos.

Adentro había música.

En total, entre Santa Ana y San Rafael, aparecieron más de 5.500 páginas de partituras —más de cuatro mil obras, que no es lo mismo que cuatro mil páginas— y decenas de instrumentos musicales construidos por los propios miembros de las comunidades: violines, arpas, violonchelos, flautas, oboes, clarines y varios tipos de trompetas, entre ellas una de casi dos metros de largo.

La mitad de ese archivo son obras vocales: cuarenta misas, varias versiones del Magnificat, salmos, letanías, himnos y una cantidad especial de antífonas marianas. La mayoría con texto latino; algunas en español; una treintena compuestas sobre textos en chiquitano.

Los indígenas chiquitanos eran solistas, instrumentistas, copistas, constructores de instrumentos e incluso maestros de capilla. Muchos no sabían leer ni escribir y, sin embargo, dominaban la lectura musical. Algunos pueblos se especializaron en fabricar violines y exportaban instrumentos a todo el virreinato. Algunos se hicieron compositores.

Los padres habían comenzado su misión poniéndose al hombro todo el trabajo —Anton Sepp se quejó de que todo tenían que hacerlo los padres— y veinte años después, en 1714, fue él mismo quien escribió lo que ya había en las reducciones: carpinteros, constructores, canteros, albañiles, torneros, cerrajeros, herreros, alfareros, tejedores, manufactureros de medias, de sombreros, de encajes y de calcetines; curtidores, zapateros, jaboneros, molineros, panaderos, carniceros, fabricantes de rosarios, pintores, escultores y fundidores de campanas. Más de veinte oficios, veinte años después de aquella queja. Y entre los oficios que las reducciones llegaron a formar figura el de luthier: el que hace instrumentos musicales.

Los neófitos, dice Sepp, ya sabían hacer relojes e instrumentos musicales: órganos, clarines, gaitas, flautas, chirimías, fagotes, arpas, laudes y violines. También llaves, tornillos, candelabros, macetas colgantes, cálices y custodias, en oro, plata, hierro, cobre, estaño y plomo. Hasta armas de fuego: un armero español les enseñó a fabricar pólvora, a fundir balas de plomo y a hacer mosquetes, escopetas, carabinas y pistolas —y al armero le pagaban con telas de algodón—. Y un sacerdote les enseñó a lijar lentes para anteojos.

Gente que aprendió un oficio para hacer un instrumento y descubrió que con ese oficio podía hacer sonar algo.

Después llegó 1767: la expulsión de los jesuitas. Se fue la estructura, se fueron los padres, se fue la orden que organizaba todo aquello. Y acá es donde la historia deja de ser una historia de rescate y se convierte en otra cosa, más lenta y más difícil de contar.

Porque lo que hicieron los músicos chiquitanos, cuando ya no quedaba nadie que los dirigiera, fue conservar las partituras copiándolas. A mano. Una y otra vez, a medida que se iban deteriorando. En las iglesias misioneras y en las casas de las familias chiquitanas quedaron copias de partituras que atravesaron el tiempo. No había archivo, no había presupuesto, no había institución: había manos.

Doscientos años copiando a mano lo que se estaba por perder.

Y hay un detalle que es el corazón de todo esto. En las obras destinadas a la liturgia era norma no dejar registro del nombre del autor. Pero los jesuitas, desafiando el rigor de las prohibiciones eclesiásticas, solían permitir que los músicos noveles firmaran sus obras, asentando determinados signos al pie de la partitura a manera de un código secreto. Gracias a ese recurso quedó registro de toda una dinastía de músicos autóctonos.

No sabemos cómo se llamaban. Firmaron igual.

Al pie de una página, con signos que había que descifrar, alguien dejó dicho: acá estuvo una mano. No un nombre propio: una presencia. La clase de firma que no pide propiedad, solo pide que alguien, alguna vez, sepa que eso lo hizo una persona.

Por más de doscientos años no hubo ninguna información sobre esa música. No estaba perdida: estaba esperando. Estaba en una cámara sellada detrás de una pared de adobe, y también en las iglesias, y en las casas, copiada, tocada, sostenida por familias que quizá no sabían que estaban cuidando un patrimonio: sabían que esa música era suya y que había que copiarla.

Entre esas partituras hay obras de Domenico Zipoli, el organista italiano que salió de Cádiz en abril de 1717, llegó a Buenos Aires, se estableció en Córdoba y murió de tuberculosis en 1726 en la estancia de Santa Catalina. Sus obras se enseñaron en todas las escuelas de música fundadas en los pueblos jesuíticos. La música viajó de Europa a América, y después se quedó quieta, en papeles, en manos de gente que la siguió copiando cuando el mundo que la había traído ya no existía.

Hoy todas esas partituras están en el Archivo Musical de Chiquitos, uno de los archivos de música barroca más importantes del mundo, y dieron origen a un festival bienal de música barroca en la provincia de Chiquitos. Las misiones jesuíticas restauradas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en diciembre de 1990. Hay agrupaciones de músicos indígenas que hoy vuelven a tocar ese repertorio, y el editor del corpus, Piotr Nawrot, tituló su edición de 1994 así: obras de Domenico Zipoli y maestros jesuitas e indígenas anónimos.

Anónimos. Ahí está de nuevo la palabra.

Yo me quedo pensando en Hans Roth y en la discordancia de las mediciones. Toda esa música se salvó porque un hombre que estaba haciendo planos se detuvo en una diferencia que no cerraba. Y se conservó, antes, porque durante dos siglos hubo gente sin ninguna obligación de hacerlo que siguió copiando a mano, sin saber si alguien lo iba a leer alguna vez.

Se dice que un pueblo sin archivo no tiene memoria. Esta historia dice algo un poco distinto: que la memoria, cuando no hay institución que la sostenga, se sostiene haciendo. Copiar es una forma de cuidar. Y hubo, en el corazón de América del Sur, una comunidad que durante doscientos años se pasó de una mano a otra la misma música, escrita a mano, para que no se perdiera.

No la guardaron en la cabeza: la escribieron. Escribieron la música, hicieron las partituras, asentaron la historia de una armonía que, seguramente, se había logrado en las misiones, y que la maldad del poder sin escrúpulos abolió y destruyó con la crueldad de siempre. Porque escribir no es nombrar: es dejar asentado, es hablar con el futuro.

Y cuando por fin abrieron la cámara y entraron, lo que encontraron no fue un tesoro. Fue un trabajo. Manos que ya no estaban, que durante doscientos años copiaron y volvieron a copiar la misma música, esperando del otro lado de una pared a que alguien supiera de ese hueco: el de la pared y el del anonimato.

BIBLIOGRAFÍA

FERIA PONCE, Manuel-Jesús. «Transculturación y apropiación cultural: el patrimonio musical de las reducciones jesuíticas de Chiquitos, Bolivia». Cuadernos de Etnomusicología, n.º 12, otoño 2018, ISSN 2014-4660 (SIBE — Sociedad de Etnomusicología).

GRAMATKE, Corinna. «Creación de un espacio espiritual y temporal. Transferencia de cultura material y saberes a las reducciones guaraní-jesuíticas». Quinto sol, vol. 28, n.º 1, abril 2024, ISSN 1851-2879. DOI: 10.19137/qs.v28i1.7819.

SEPP, Anton. Reißbeschreibung. Núremberg: J. Hoffmanns, 1696 (p. 220); y Paraquarischer Blumengarten, edición de E. Schmid Heer. Schnell + Steiner, 2012 (folios 136 y 142-143). — De los escritos de Sepp sobre la misión sale la lista de oficios que cita Gramatke.

NAWROT, Piotr (ed. y trans.). Música de vísperas en las reducciones de Chiquitos-Bolivia (1691-1767): obras de Doménico Zipoli y maestros jesuitas e indígenas anónimos. Concepción, Bolivia: Archivo Musical de Chiquitos, 1994.