EL MATRIARCADO DE BACHOFEN
literaturas.org inaugura con esta traducción su biblioteca

El Matriarcado era un libro del que todos hablaban y que casi nadie había leído completo en castellano: 1861, Stuttgart, un jurista de Basilea que sostenía que antes del padre había sido la madre. Hoy está en castellano rioplatense, entero, en treinta y cuatro tomos, cada uno con su tapa, su PDF y su dirección estable para citarlo.
PRÓLOGO por Ale Mendé
El Matriarcado, un libro decimonónico que pide una lectura en este siglo. Aunque escrita en 1861, esta formidable investigación de Bachofen nos convoca. Desde entonces hasta hoy ha habido lecturas diversas e idealizaciones sin fundamento sobre la era matriarcal.
¿Existió el matriarcado? Para muchos, y puntualmente para Simone de Beauvoir, es un mito. Para la autora de El Segundo Sexo, no existió un verdadero poder de las mujeres. Y a su entender, no hubo un período de dominación política o social de las mujeres sobre los hombres comparable al del patriarcado.
El matriarcado, entonces, ¿sigue siendo una ilusión? Si por la vía de la arqueología o la historia no hay pruebas contundentes, hubo un hombre que, por un interés oblicuo, nos acerca a los restos del poder matriarcal a través de los mitos y la narrativa social.
Johann Jakob Bachofen (1815-1887) fue un jurista de Basilea: profesor de derecho romano, juez, consejero de la ciudad. Escribió sobre el derecho de la antigüedad toda su vida y, en 1861, publicó un libro de título largo y propósito incómodo: Das Mutterrecht. Una investigación sobre la ginecocracia del mundo antiguo según su naturaleza religiosa y jurídica.
La tesis se puede decir en tres líneas. Antes del orden que llamamos civilizado, el parentesco se establecía por la madre y no por el padre; ese orden tuvo tres edades, que Bachofen llama hetairismo, ginecocracia y paternidad. En el paso de una a otra el derecho fue antes religión que ley. De ahí que el libro no sea una historia de instituciones sino una genealogía de la conciencia: cada figura del mito es un grado del derecho, y cada grado del derecho un modo de mirar el cielo. Él mismo lo formula sin rodeos: Madre es término de la naturaleza, no del derecho civil; la adopción, en cambio, es del derecho civil (apartado 6, Licia, tomo I). La madre es un hecho; el padre, una institución.
LAS PARTES DEL LIBRO
El Matriarcado no está organizado como un tratado que avanza por conceptos, sino como un recorrido por pueblos y por lugares. Después de una Introducción extensa que expone la teoría y la defiende de sus contemporáneos, el libro se ordena en dos mitades. La primera va de Licia a la India:
Licia (apartados 1-10), donde el derecho materno está documentado y funciona.
Creta (apartados 11-22), la tierra donde se decía madre patria.
Atenas (apartados 23-43), el proceso del cambio, leído en el voto de las mujeres y en las Euménides.
Lemnos (apartados 44-47), el crimen de las mujeres solas.
Egipto (apartados 48-92), la sección más extensa de la obra, con las Danaides, el Nilo, las amazonas libias, la luna prestada, el Edipo y la reina madre.
La India y Asia central (apartados 93-99), donde busca la Candace del Mahabharata.
La segunda mitad es griega y avanza por el continente:
Orcómeno y los minias, con el vellocino y Medea (apartados 100-108).
Beocia (apartados 109-113).
El Ion de Eurípides (apartado 114), el parágrafo más extenso del libro.
La adopción (apartados 115-117), Hermíone y Elis (apartados 118-121), la Pisátide (apartados 122-124), Heracles (apartado 125), el gran libro de Elis (apartados 126-135), dedicado a la adivinación y al punto de giro; los locrios epizefirios y Lesbos (apartados 136-145), Mantinea (apartados 146-148) y el pitagorismo (apartados 149-151).
Al final, los Nachträge (apartados 152-164) y la explicación de las nueve láminas: los añadidos con que Bachofen cerró el libro.
Debajo de ese mapa geográfico corre otro, que es el que da sentido a cada capítulo. Los tres nombres de la tesis se despliegan en cinco grados: el hetairismo, la ciénaga, donde la mujer no tiene marido ni el hijo tiene padre; el amazonismo, la revuelta, donde la mujer se niega al matrimonio y hace la guerra; el derecho materno propiamente dicho, Deméter, donde la maternidad se eleva a ley y la tierra legisla; la ginecocracia sensual-afrodítica, Dionisos, donde el poder se recupera por la vía del cuerpo; y la paternidad apolínea, la cabeza, donde el padre no engendra y sin embargo manda. Cada pueblo del recorrido queda puesto en uno de esos grados, y lo que el libro cuenta es el pasaje de uno a otro.
Un lector de hoy reconoce en ese esquema lo que la antropología del siglo XX desarmó: la idea de una promiscuidad primigenia, la de una sucesión universal de etapas, la de un matriarcado entendido como gobierno de las mujeres allí donde lo que había era, en el mejor de los casos, filiación materna y autoridad doméstica.
Sin embargo el libro merece estar abierto, aun con los cambios de paradigma de más de siglo y medio transcurridos. Porque sucede que, a pesar de la posición escalonada de las etapas que considera Bachofen, hay algo que su investigación provee con una riqueza monumental: el método y la documentación.
El método, porque apela a sostener su teoría con los mitos, restos narrativos de las sociedades antiguas, que le dan a la obra una arquitectura formidable. Su regla de lectura puede decirse con sus propias palabras: No es la tierra la que imita a la mujer, sino la mujer a la tierra (apartado 69, Egipto, tomo XIII). Por otra parte, la documentación profusa ilumina el poder matriarcal en la antigüedad.
Bachofen hace del desarrollo humano una escalera que sube de la materia al espíritu, y coloca en su base a los pueblos que él llama naturales y en su cima a la Grecia apolínea. Esa escalera es hija de su siglo y no se sostiene en nuestra época.
Su mujer originaria es una criatura de la naturaleza, ajena al derecho, y el libro no termina de reconocerle lo que, en realidad, le concede por el simple hecho de su preocupación: que sin la mujer no hay derecho. Bachofen lo escribe sin anestesia: Con el devenir se une el varón; con el perecer, la mujer (apartado 71, Perseo, tomo XIV).
Hay pasajes donde el entusiasmo por el misterio reemplaza a la prueba y otros pasajes donde una etimología imaginaria carga con un argumento entero.
En la traducción publicada en https://literaturas.org/biblioteca/ nada de eso se ha suavizado. La traducción devuelve a El Matriarcado de Bachofen tal como fue escrito, con sus genialidades y con sus manías, porque la única manera de leerlo es tenerlo entero a la vista. Pero, como dijimos al comienzo, lo que no envejeció es la base documental del texto.
La fuerza del libro, por lo tanto, no está en la tesis. Está en cómo la sostiene.
Bachofen no tenía archivos del matriarcado, porque no los hay. Lo que tenía eran restos: escolios apenas legibles, inscripciones funerarias, versos sueltos, nombres de ciudades, genealogías de autores tardíos, una línea de Heródoto sobre una tribu libia, un pasaje de Polibio sobre el juramento de las mujeres libias cuando las ciudades libias se pasan a los sublevados contra Cartago, la cláusula de un testamento, la forma de un zapato. Sobre cada uno de esos fragmentos construyó una lectura, y esa lectura se puede controlar: cita con precisión, discute variantes, coteja manuscritos, se pelea con Boeckh y con Klaproth y con los intérpretes que le corrigen el texto.
De ahí el valor que este libro conserva, y que es exactamente el que hace falta hoy: el matriarcado sigue siendo un problema sin resolver, y su dificultad no es teórica sino documental. No hay un cuerpo de pruebas que permita decir así fue. Hay fragmentos dispersos, a menudo hostiles, casi siempre escritos por quienes no querían recordar lo que esos fragmentos dejan ver.
Bachofen fue el primero que se tomó el trabajo de leerlos en serie y de sacarles la pregunta. Se equivocó en la respuesta. No se equivocó en el método, que consiste en tratar el detalle insignificante como una prueba, y en no descartar un dato porque contradiga la teoría: de incorporarlo, y ver qué pasa. Esa exigencia tiene su fórmula en el libro: Los puntos de vista modernos no llevan más que al error y dan a todo una luz del todo falsa (apartado 114, el Ion, tomo XXIV). Leída sola parece soberbia; leída en su lugar es lo contrario, un aviso: para entender las obras antiguas tiene que volver a hacerse familiar lo que esas obras transmiten.
Ese método, hoy, se llama investigación.
¿Por qué dar a leer en la primera entrega de nuestra biblioteca este texto? Porque un sitio es un ecosistema: los textos que lo habitan se interrogan entre sí. Literaturas.org tiene una temática, y El Matriarcado la atraviesa de lado a lado: el mito como archivo, la materia como política, la mujer como sujeto de derecho antes de ser sujeto de representación.
El Matriarcado de Bachofen asienta sus bases en muchas de nuestras propuestas, y nos parece enriquecedor que esté presente en esta primera colección de biblioteca.
Hay que ser claros en que Bachofen escribe con la seguridad de un hombre que cree haber encontrado la llave. Esa seguridad es a ratos admirable y a ratos insoportable. Pero en el medio de ese edificio hay un pensamiento que no ha perdido nada, y que el libro entero sostiene: que el derecho nace de un fondo religioso, y que las formas de nombrar a los antepasados dicen más sobre una sociedad que sus leyes escritas.
Cuando el libro dice que el derecho materno sólo tiene antepasados y el paterno descendientes, no está hablando de mitología: está describiendo dos maneras de estar en el tiempo. La madre, escribe, nunca es principio, sino siempre fin (apartado 80, tomo XVI). Cuando dice que la mujer que pare no puede expiar en silencio —el tonel agujereado de las Danaides, que él lee al revés del castigo—, está proponiendo una interpretación que se puede discutir y que no se puede olvidar: el trabajo de las Danaides es un símbolo de la naturaleza (apartado 71, Perseo, tomo XIV), y antiguo es el símbolo; lo que vino después fue su enlace con la idea del castigo. Cuando dice que la izquierda es el lado de la madre y hace de eso un inventario de dedos, mamas, manchas y sandalias, el lector puede reírse, y el lector se equivoca: lo que se ve ahí es cómo una cultura clasifica el cuerpo.
Y hay un límite que conviene tener presente. Este libro habla de mujeres pero está escrito por un varón del siglo XIX que las mira desde fuera, y que a menudo las admira por lo mismo que las encierra. Bachofen, sobre el grado más alto de su propia escalera, dice que en él se destaca el relegamiento de la mujer en los Olímpicos (apartado 125, Heracles, tomo XXVIII), y lo dice como un logro. Leerlo hoy exige dos gestos a la vez: dejarse llevar por la documentación y no creerle la conclusión. La traducción no resuelve esa tensión; la expone.
SOBRE LA TRADUCCIÓN
Esta versión se traduce del alemán de 1861, no de ninguna versión intermedia, y se hizo completa: todas las secciones del libro, de la Introducción a los Nachträge, con sus ciento sesenta y cuatro parágrafos de texto.
No hubo para este trabajo una edición crítica accesible de la obra, así que se trabajó sobre cuatro escaneos distintos del mismo libro. Tres son de 1861; uno, de 1897. Ninguno trae legible el griego: el escaneo lo destruye siempre. Donde el griego no se pudo reconstruir con seguridad, el texto lleva [†] y la palabra no se inventa: se deja el hueco, se anota la conjetura cuando la hay y se dice hasta dónde llega. Esa ha sido una decisión en la traducción porque esos huecos son la marca de una época en que el testimonio llegó dañado.
Cada tomo lleva su tabla de cotejo: qué líneas del original cubre, cuántas palabras, qué se cotejó y dónde, y qué marcas de [†] quedaron sin resolver. No es aparato decorativo. Es la prueba de que lo que se lee está donde el original lo pone.
POR QUÉ LEER HOY EL MATRIARCADO
No para creer que hubo un matriarcado universal, sino para algo más sutil: para aprender a preguntar por él con los restos en la mano.
Quien tenga hoy la curiosidad de averiguar qué se sabe del derecho materno en la antigüedad se encuentra con una bibliografía inmensa y con una incomodidad de fondo: el tema llegó a la discusión del siglo XX cargado de polémica ideológica, y las conclusiones de los dos bandos se han escrito más contra el adversario que contra las fuentes.
Bachofen está en el origen de esa polémica, y también de la única cosa que la vuelve productiva: la exigencia de volver a los textos.
Ese es el valor que se puede actualizar. Su teoría es obsoleta; su pregunta está intacta. Y su manera de leer —el fragmento, el margen, el escolio, el detalle que no cierra— sigue siendo el único camino que tenemos hacia un mundo que no escribió su propia historia, pero que se descubre en los restos de quienes la contaron en contra. Bachofen escribió, sobre ese grado de la existencia femenina que tanto lo deslumbró: Apenas puede volver a encontrarse en la historia de la existencia femenina un fenómeno semejante (apartado 110, Beocia, tomo XXIII).
Por eso un libro que se propone leer esos restos merece nuestra mayor dedicación: para fundamentar qué decimos cuando percibimos la descalificación del poder femenino en la sociedad patriarcal, y de qué hablamos cuando ponemos en la mesa el tema del matriarcado.
Cómo se lee
En la Biblioteca, cada tomo tiene su página con el comienzo para leer sin bajarse nada: literaturas.org/biblioteca/el-matriarcado/
El PDF completo de cada tomo se descarga desde esa misma página, y la colección entera —los treinta y cuatro— está en el estante de la Biblioteca: literaturas.org/biblioteca/
Los tomos se pueden leer en cualquier orden, pero hay uno que conviene no saltear: el XXIV · El Ion de Eurípides, el parágrafo más extenso del libro, donde se ve el método de Bachofen trabajando a pleno.
Y una advertencia que vale la pena: el libro no dice lo que muchas veces se le hace decir. No hay un cuerpo de pruebas del matriarcado, y esta traducción no lo inventa. Lo que hay es otra cosa, que el prólogo cuenta mejor que yo acá: un método, y una pregunta que sigue abierta.
Cartas de Ale
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